Balance 2025 de Estado de Vigilia

Uno de los flagelos más exasperantes de esta época es la amnesia plural que sufren los objetos del presente. No es un problema nuevo: todo es cada vez más dinámico, el tiempo ha potenciado su calidad de unidad de medida económica ad infinitum y los mercados están saturadísimos de ofertas y estímulos. Los resultados que genera esta desenfrenada propulsión desemboca en la imposibilidad para que un libro, un disco o –en nuestro terreno– una película puedan tener un atisbo de potencial para ser recordadas en una posteridad lejana en el imaginario colectivo, ya sea por sus proezas o sus falencias. En otras palabras: todo se siente incontrolablemente agotable. Como expresamos en nuestro Manifiesto1 –al que siempre volvemos y volveremos para refrescar nuestra misión–, la crítica tiene la labor inconmensurable de prolongar la vida del cine luego de que se apaga la lámpara del proyector y se encienden las luces de la sala. Con la crítica como una disciplina que cada vez languidece más en rigor y popularidad a nivel global, se vuelve lógico que lo efímero reine la memoria. 

Así, hacer un balance en retrospectiva de un año se convierte en una tarea inexcusable para una revista como Estado de Vigilia. No se trata sólo de enumerar películas con un carácter lúdico (también muy valorable): es una labor que implica la responsabilidad de revisitar imágenes, descubrir otras, informarse, detectar obras y filmografías, cuestionarse, encontrar tendencias, explorar obsesiones, odiar y enamorarse constantemente. La selección de las mejores películas del año para cada crítico en este espacio busca crear nuestros propios cánones de fijaciones que no son menos que las películas que más apreciamos, por diversos motivos, del 2025. Y a partir de ellas, compartirlas y encontrar inclinaciones compartidas, ya sean a través de acuerdos o rispideces.

Al poner en contraste nuestras listas con sus respectivos textos es un consenso, la primera conjetura posible irónicamente excede al cine y nos retrotrae a la idea inicial de esta breve presentación: vivimos una época terrible. Como herramienta paralela a los genocidios, tiranías y destrucciones de soberanías, los grandes núcleos de poder han encontrado las herramientas necesarias para que pensemos cada vez menos y nos confundamos cada vez más. Las imágenes han perdido valor, y confiar o desconfiar de ellas ya no se dirime en la materia del conocimiento sino en la capacidad de cuestionar lo que uno ve y en la competencia, aún más difícil, de sostener esa postura con rigor. Los videos del genocidio palestino cada vez nos impactan menos, las entrevistas payasescas a Trump nos interpelan menos, los registros de primera mano de abuso de poder nos interesan menos; incluso las informaciones agradables nos conmueven menos y, mientras nuestra muestra de significancia a esas imágenes se reduce, su atrocidad asciende. La sobreexposición a estos estímulos los vuelven banales e insignificantes, como también la facilidad para su intervención engañosa debido a la inteligencia artificial y otros males; son instrumentos para dejarnos en la espera de la siguiente distracción o vaga preocupación. La imagen y la palabra están en crisis y nosotros, como espectadores, también. 

Para defenderlas, tenemos una capa y una espada: el lenguaje cinematográfico y la crítica de cine. Ambas entablan una relación esencial: «se observan en el reflejo que yace en los ojos del otro». Volver a ciertas bases de ellas, repensar otras, someterlas a una interpelación que sea fructífera para ambas y, sobre todo, para nosotros. Así, confiamos en el dispositivo impresionista y deliberadamente anacrónico que Alexandre Koberdize pone en juego en Dry Leaf, y cómo se entremezcla entre sus propios fantasmas y confía en su forma para dejar una marca imborrable; y en la crudeza de las imágenes que Albert Serra configura en Tardes de soledad, que nos recuerda esa inigualable capacidad estremecedora del cine; y en la perspicacia que Kelly Reichardt demuestra en Mente maestra, cuya puesta en escena lúdica se ensimisma con su protagonista y sus móviles artísticos; y en la desfachatez que Paul Thomas Anderson consigna en Una batalla tras otra, problematizando, con su característica gracia, la radicalidad política; y en cómo Jafar Panahi en Fue solo un accidente transforma la persecusión política que sufre en su Irán natal en una representación sobre la moralidad equívoca de la venganza. 

Nosotros confiamos en estas películas, así como en las 42 que parte del equipo de Estado de Vigilia eligió como sus favoritas del año y que presentamos en esta publicación. Sin más para agregar, esperamos que ustedes puedan impregnar estos films, así como lo hicimos nosotros, en la infinidad de sus retinas. Les agradecemos por el 2025 y los esperamos, con brazos abiertos, en este 2026.


Agustín Acevedo Kanopa

Este 2025 fue la primera vez que sentí que, en vez de estresarme por podar mis elecciones a una lista de 20 films, estuve puliendo apenas el rango de las diez. En casos así uno podría estar tentado a definir esto como síntoma de un empeoramiento de calidad del cine, pero creo que en la gran mayoría de las situaciones simplemente el que cambia (o el que empeora) es uno mismo. En mi caso, el 2025 fue la primera vez en muchísimo tiempo que no pude ir a ningún festival (local o internacional). Lo sentí como un año un poco solitario, levemente autístico, casi siempre en formato hogareño, desvelado, tejido alrededor de los puntos de fuga de mis obsesiones. Así, la película que más me emocionó fue Valor sentimental, pero la que más me fascinó, dentro de las probabilidades que ofrece el cine y el acontecimiento mismo de estar registrando algo con la cámara fue Tardes de soledad. The Baltimorons fue la película que mejor me hizo sentir y por otro lado Zodiac Killer Project, con su disección casi abstracta de todas las palancas narrativas que hacen al true crime, y Todo documento de civilización, con su capacidad de hacer hablar a los Google Maps (acá hago trampa porque ya la había visto en el 2024, pero se estrenó en 2025) fueron las que mejor exploraron aspectos narrativos y de formato (me hubiera gustado agregar como película número once Grand Theft Hamlet por su inteligencia a la hora de usar el mundo expandido de juegos en línea como otro soporte cinematográfico o teatral, cotejar en esta lista esa especie de impresionismo pixelado de Dry Leaf –que no la llegué a ver– y la autofagocitación de la IA terraja en Drácula de Radu Jude —pero lamentablemente, contra todos los pronósticos, me terminó resultando un poco redundante en su extensión y recursos). Una batalla tras otra fue posiblemente la película evento del año y comparte en su estilo farsesco su capacidad de relatar en tiempo real un mal de su tiempo (algo idéntico a lo que logra, con su certero golpe final, La única opción). 

  1. Valor sentimental (Affeksjonsverdi), Joachim Trier
  2. Tardes de soledad, Albert Serra
  3. Una batalla tras otra (One Battle After Another), Paul Thomas Anderson
  4. The Baltimorons, Jay Duplass
  5. Marty supremo (Marty Supreme), Josh Safdie
  6. Zodiac Killer Project, Charlie Shcackleton
  7. La única opción (Eojjeolsugaeopda), Park Chan-Wook
  8. Todo documento de civilización, Tatiana Mazú
  9. Mente maestra (The Mastermind), Kelly Reichardt
  10. Gizmo, Everardo Felipe
Fotograma intervenido de Valor sentimental

Pietro Calace

2025 fue un año particularmente extraño dentro de mi ejercicio cinéfilo: no vi tantas películas como me hubiese gustado y recién me pude poner al día con los estrenos entre los últimos días del periodo y principios del corriente (algunas de las películas incluídas en esta lista las vi hace pocos días). Usualmente, suelo estar más pendiente de la cartelera y de los festivales mientras van ocurriendo. Pero de todo cambio no planificado florecen nuevos descubrimientos: o el año cinematográfico tiene un balance favorable (quizás más en el terreno de la calidad que de la cantidad) o hallé una virtud oculta en seleccionar películas que tengan grandes posibilidades de conquistarme (o, en el caso de los primeros puestos, enamorarme). 

En esta época abyecta donde la comunicación, el lenguaje y las imágenes están en una crisis profunda de pos-posverdad (dentro de un catálogo infinito de crisis), no se me ocurre otra posibilidad que destacar aquellas películas que revalorizan la imagen cinematográfica como idioma de exploración; o aquellas que vuelven a mirar al pasado para albergar la memoria y repensar el presente, ya sea a través de una historia propia o a través de la gran historia del cine; o aquellas que pueden visualizar, entre tantos horrores, una mejor forma de vida; o aquellas que logren conjugar estos factores para encontrar tanto un refugio como un campo de batalla intelectual. Porque, como ya deberíamos tener más que asimilado, el cine es de las pocas trincheras que nos quedan para intentar imaginar un mundo un poco menos peor.  

Como criterio, seleccioné películas cuya disponibilidad  pública se dio en el 2025, o cuyo estreno en Uruguay haya sido en el año en cuestión. También evité incluir películas que ya haya mencionado en el balance anterior presentado en Estado de Vigilia (el del 43° FCIU)2, por lo que quedaron por fuera grandes obras que, con otra norma, podrían haber aparecido perfectamente en esta lista: A la deriva (Jia Zhang-ke) y Misericordia (Alain Guiraudie).

  1. Dry Leaf, Alexandre Koberidze
  2. The Shrouds, David Cronenberg
  3. Mente maestra (The Mastermind), Kelly Reichardt
  4. Tardes de soledad, Albert Serra
  5. Where to Land, Hal Hartley
  6. Todo documento de civilización, Tatiana Mazú
  7. Highest 2 Lowest, Spike Lee
  8. Marty supremo (Marty Supreme), Josh Safdie
  9. Ariel, Lois Patiño
  10. Fue solo un accidente (Yek tasadof-e sadeh), Jafar Panahi
Fotograma intervenido de The Shrouds

Federico Lorenzo

Si bien se puede acuñar la posibilidad de poder presenciar un arte como el cine gracias a la tecnología, hay otro factor que a veces olvidamos, que es el defecto. Un defecto óptico que permite ver esa sucesión de imágenes y presenciar esa obra. Y esto se debe a que la capacidad del defecto, del equivocarse y aprender de eso, es algo profundamente humano. Hoy en día hace falta volver sobre esa idea debido a otro defecto que empieza a contaminar el mundo: la “perfección” algorítmica. Ya sea a través de imágenes hechas con IA tan limpias que parecen contaminadas o de una obsesión con la estadística y el no arriesgar nada (sin contar el individualismo que nos obliga a separarnos en búsqueda de esos objetivos). Para evitar eso, la respuesta debería ser demasiado obvia: hay que volver sobre un cine humano.

Pero, ¿qué conforma a un cine humano? Más allá de la perspectiva clásica en relación a lo formal y/o narrativo,  el cine humano es el que de una forma u otra le hable al presente de la humanidad sobre su propia condición y cómo está siendo representada. Y creo que estas películas, ya sea de autores que marcan sus preocupaciones desde el minuto uno o directores que aún dentro del sistema de estudios logran encontrar un espacio para enunciar sus ideas, tratan sobre eso. Desde la lucha contra la IA y la avidez de novedades (Highest 2 Lowest, El sobreviviente, F1 o Sentencia final), el reencuentro con los fantasmas del pasado para entenderse a uno mismo (Seven Veils o Una quinta portuguesa) o incluso por un momento volver a las épicas de un Hollywood –que cada vez se van perdiendo más– con herramientas del presente (Fuego y cenizas o Una batalla tras otra). 

Sea del lugar que vengan, hay una preocupación que si bien siempre estuvo atada a la condición del cine como arte (hacerse preguntas de su lugar en la actualidad), hoy resuenan de manera más fuerte. Esta lista conforma una especie de pequeña resistencia frente a todo lo mencionado, ya no solo siendo películas que le acomodan los sentidos a uno, sino que también postulan estos temas ya sea de manera directa o implícita. Digo pequeña resistencia y no algo más grande porque, pese a todo, la realidad sigue avanzando cada vez más rápido en el camino mencionado al inicio. Pero ya sea este año, el pasado o incluso el que viene, hay obras que se resisten a caer en esa velocidad (incluso si vienen de un lugar que les indicaría que tienen que justamente caer ahí, véase los puestos 6 a 4). Porque así como también convivimos con lo peor del ser humano (como se ve en el documental Predators y su exploración del porqué del mal), también el cine da segundas oportunidades para nosotros, los espectadores (como la criatura ante el sol en el final de Frankenstein).

  1. Una batalla tras otra (One Battle After Another), Paul Thomas Anderson
  2. Avatar: Fuego y cenizas (Avatar: Fire and Ash), James Cameron
  3. Frankenstein, Guillermo del Toro
  4. Misión imposible – Sentencia final (Mission Impossible – The Final Reckoning), Christopher McQuarrie
  5. F1: La película, Joseph Kosinski
  6. El sobreviviente (The Running Man), Edgar Wright
  7. Predators, David Osit
  8. Una quinta portuguesa, Avelina Prat
  9. Highest 2 Lowest, Spike Lee
  10. Seven Veils, Atom Egoyan
Fotograma intervenido de Una batalla tras otra

Nicolás Pedrucci

Desde hace al menos una década, el cine atraviesa un proceso de desplazamiento progresivo dentro de la cultura contemporánea. Su antiguo estatuto como dispositivo central de producción de imaginarios ha sido erosionado por la proliferación de formas audiovisuales más inmediatas, seriales y omnipresentes, que están insertas en un régimen de circulación que ya no solo produce imágenes, sino que organiza conductas, tiempos y modos de percepción. Este contexto ha puesto en evidencia el límite de la estrategia de intentar competir con estos nuevos medios en sus reglas, mediante la intensificación del espectáculo, películas cada vez más extensas, más violentas, más saturadas de estímulos.

Frente a este escenario, comienza a delinearse una alternativa, fundamentalmente formal. En Dry Leaf, en el cine de Hong Sang-soo o en la obra de Radu Jude, se percibe una búsqueda consciente de lenguajes que renuncian a la pretensión de neutralidad del dispositivo. Imágenes domésticas, baja definición y dispositivos expuestos configuran una poética que abandona la transparencia representacional: el cine deja de ocultar su aparato para volverlo visible, interrogar su propio funcionamiento y, en ese gesto, afirmar su especificidad.

Resulta prematuro (y sería ingenuo) catalogar estas búsquedas como un movimiento. Sin embargo, la convergencia de estas prácticas estéticas abre un campo todavía inexplorado, incierto y de contornos imprecisos, que propone una vía posible para repensar el lugar del cine en el régimen visual contemporáneo.

  1. Dry Leaf, Alexander Koberidze
  2. Tardes de soledad, Albert Serra
  3. Mente maestra (The Mastermind), Kelly Reichardt
  4. A la deriva (Feng liu yi dai), Jia Zhangke
  5. Misericordia (Miséricorde), Alain Guiraudie
  6. Happyend, Neo Sora
  7. Grand Tour, Miguel Gomes
  8. Kontinental ’25 , Radu Jude
  9. What Does That Nature Say to You, Hong Sang-soo
  10. Broken Rage, Takeshi Kitano
Fotograma intervenido de Dry Leaf

Juan Recuero

En 2025 tuve la suerte de ir a BAFICI y a FicValdivia, lo que amplió y determinó mi panorama de qué tendencias circulaban por encima de lo que obtengo otros años a estas mismas alturas (toda lista es una radiografía de los espacios a los que acude quien las compone y su selección). Ya recorre el chisme de que yace un año desdeñable y poco estimulante para la producción reciente, y aunque el catálogo que nos haya brindado palidezca –a mi preferencia– en comparación a los dos años que le antecedieron, mi valoración deviene optimista. Muchas veces pondera la impresión de que estemos estancados con los mismos nombres desde hace algunas décadas, como si no hubiera potencialidad para voces nuevas, nuevos autores por los que militar. Sin embargo, y aunque también haya habido para protegernos de la plaga y los falsos profetas algunas obras de la vieja guardia (Magalhães de Diaz, What Does That Nature Say to You de Hong, y Where to Land de Hartley), resplandece el hecho de que algunos de los films más brillantes fueron primeras, segundas y terceras películas de autores con todavía un mundo por explorar. 2023 y 2024, por el contrario, me parecieron más conservadores en ese sentido. 

Me entusiasman las posibilidades que excava Koberidze en el plano como acontecimiento plástico, las maneras que idean Sonzini y Salinas para filtrar la historicidad cinematográfica en las turbulencias político-económico-culturales concurrentes, o cómo Navas y su protagonista, Ángel Stegmayer Caballero, dinamitan los tratos retratista-retratado desde aquellos bordes que escapan al control del tiempo implacable y traidor. Fue también un año sobre cómo la degradación de la imagen y la incorporación de nuevos soportes abren a una eminencia de la inestabilidad de ese tiempo líquido en que vivimos, así visto en las películas de Jude (Dracula y Kontinental ‘25), Boyle (Exterminio: La evolución), y los nombrados Hong y Koberidze. Además de los films de archivo como Bajo las banderas, el sol, de Juanjo Pereira, o Diciembre, de Lucas Gallo, que cada vez prueban con más contundencia la vigencia de esa red febril que se arma entre documento e imagen. Tal vez el horizonte, entonces, sea la erosión de la alta definición como ley estética.

Mención especial a films de 2024 que pude ver este año como Miséricorde de Alain Guiraudie, The Shrouds de David Cronenberg, Fire Supply de lucia seles, Scénarios de Jean-Luc Godard y Combo15 de Raúl Perrone.

  1. Dry Leaf, Alexandre Koberidze
  2. El príncipe de Nanawa, Clarisa Navas
  3. What Does That Nature Say to You, Hong Sang-soo
  4. La noche está marchándose ya, de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas
  5. Magallanes (Magalhães), Lav Diaz
  6. Where to Land, Hal Hartley
  7. Blue Moon, Richard Linklater
  8. Exterminio: La evolución (28 Years Later), Danny Boyle
  9. Diciembre, Lucas Gallo
  10. Cartas a mis padres muertos, Ignacio Agüero
Fotograma intervenido de El príncipe de Nanawa

Cleo Rosá

Una lista pequeña, porque vi pocos estrenos y me encantaron aún menos. Me quedo con las favoritas del 43° FCIU más Kelly Reichardt y Jafar Panahi, que rara vez fallan. Películas sobre la memoria que deshacen, examinan o reinventan la magia del cine, desde las penosas fechorías del protagonista de Mente maestra hasta las cámaras mágicas de En la alcoba del sultán. La desilusión y las expectativas incumplidas dan paso, muchas veces, a un amor por lo banal, lo cotidiano, desde miradas que critican, repasan y revalorizan. En Avenida Saenz, lucía seles lo dice mejor que nadie: cada una tiene que tener su Clint Eastwood.

  1. Mente maestra (The Mastermind), Kelly Reichardt
  2. Avenida Saenz 1073 – video dedicado a la enfermeda de mi padre, Lucía Seles
  3. Fue solo un accidente (Yek tasadof-e sadeh), Jafar Panahi
  4. En la alcoba del sultán, Javier Rebollo
  5. Henry Fonda for President, Alexander Horwath
Fotograma intervenido de Mente maestra

Diego Vitureira

Hay una verdad detrás de la violencia y barbarie de una tradición que no comparto, hay otra en una persona sola y carente de consuelo dentro de una cultura que se siente muy distante a la mía, y hay otra en un dolor que reposa sobre una religión que no profeso. El cine nos recuerda que esa verdad puede existir solo si uno, conscientemente, se permite ser interpelado por las inquietudes de un realizador. Pese a lo desesperanzador que resultó el panorama político internacional del año 2025 y lo desalentador que parece ser para este año entrante, el cine sobrevive gracias a la constante necesidad de un llamado a la reflexión. Considero un deber ineludible el estar dispuesto a atenderlo, sea de parte de los cineastas, espectadores, curadores o críticos. Este texto comenzó siendo sobre mi película favorita del año pero, en realidad, aplica para cualquiera de las diez.

  1. Tardes de soledad, Albert Serra
  2. Cloud, Kiyoshi Kurosawa
  3. Dry Leaf, Alexander Koberidze
  4. Una batalla tras otra (One Battle After Another), Paul Thomas Anderson 
  5. Kontinental ‘25, Radu Jude
  6. Bajo las banderas, el sol, Juanjo Pereira
  7. The Baltimorons, Jay Duplass
  8. Misericordia (Miséricorde), Alain Guiraudie 
  9. Avenida Saenz 1073, video dedicado a la enfermedad de mi padre, Lucía Seles
  10. Fue solo un accidente (Yek tasadof-e sadeh), Jafar Panahi
Fotograma intervenido de Tardes de soledad

  1. Manifiesto de Estado de Vigilia: https://estadodevigilia.com/manifiesto/ ↩︎
  2. Balance del 43° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay: https://estadodevigilia.com/balance-del-43-festival-cinematografico-internacional-del-uruguay/ ↩︎