Este intercambio tuvo lugar en abril de 2025, en el marco del 43º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay. Este diálogo fue conservado bajo llave, debido a la expectativa por publicarlo en simultáneo a un posible estreno en salas que, de momento, no aconteció. A los propósitos de la celebración de una nueva edición del festival, decidimos desde Estado de Vigilia echar luz sobre este diálogo y, por fin, permitir su difusión.
Clara,
El año pasado llevé una libreta a una charla de Martín Retjman, pero solo anoté una cosa: «confiar que el cine es algo». Ya no recuerdo el contexto en que se dijeron esas palabras, y en su momento no supe por qué esta idea me pareció tan poderosa, pero hoy se me ocurre que sería lo mismo afirmar que el cine tiene alma. Es una forma de entender el cine; las imágenes poseen una vida que trasciende el objeto representado y nuestro conocimiento de él. Valorar el cine porque es, existe, y no porque algo existió previamente. Esto me parece crucial, sobre todo en lo que concierne a la recreación de época o que, se entiende, debe suscribirse a un cierto rigor histórico. Acá entra el mundo de los biopics y, por fin, lo que nos convoca: En la alcoba del sultán. Es interesante que, a pesar de que el biopic sature el panorama cinematográfico actual (lo cual no es decir que sea un invento reciente), rara vez emerge un film que supere ese primer instinto de recurrir a la exactitud minuciosa de imágenes del pasado. Quizás hayas visto, en la edición del año pasado del festival, una película titulada La estrella azul. Pese a que no es excelente, escapa a estas trampas usando algunos recursos parecidos a los de En la alcoba del sultán junto con otros bastante distintos. Pero el biopic más mainstream se topa siempre con estos problemas, y no parece interesado en superarlos. Debe haber sido, sin duda, muy difícil recrear la actuación de Queen en Live Aid para Bohemian Rhapsody (2018), pero me pregunto —y te pregunto, ya que estamos— ¿qué puede hacer una secuencia así más que señalarse a sí misma, más que hacernos acuerdo de algo más?
En la alcoba del sultán demuestra que es posible mirar hacia el pasado sin frenar ante la capa superficial de la verdad. Javier Rebollo, el director del film, nos hablaba al finalizar la función de encontrar la realidad abrazando la ficción. Debe haber, pienso, algo acerca de la vida de esos personajes, de los espacios que recorren, de las cosas que dicen y hacen, que no podía expresarse en un mero recorrido histórico y lineal, ni desde los mecanismos formales que se utilizan en el cine para distraer al espectador del artificio. Aquí el artificio potencia: desde los leitmotiv musicales que se cortan abruptamente hasta las escenas en que los personajes hablan a cámara, la película nos recuerda constantemente que es una búsqueda, una representación, y esto es una fortaleza. Después de todo, ¿es posible que seamos solo una colección de eventos y fechas? ¿Sería justo reducir a Gabriel Veyre a los hechos que se relatan en su página de la Wikipedia?
Lo que esta película hace es mucho más tierno: se atreve a jugar y a coquetear con la fantasía para acceder a todo aquello que nos hace humanos, que no puede decirse con palabras. A partir de esto, se me ocurrió intentar describir a las personas que quiero, y en este ejercicio —que te animo a recrear— descubrí que un retrato hecho desde el amor se parece en poco y nada a una biografía. Entonces, ¿por qué, en pos de la búsqueda del realismo, el cine debería distanciarse de ese amor? Escuchando a Rebollo, era evidente lo vasto de su conocimiento sobre los personajes y temas que aborda su película; sobre todo, su fascinación hacia la figura de Gabriel Veyre. Pero —y quizás pienses lo mismo— creo que no hacía falta escuchar al director para percibir esa fascinación. La ternura permea al film, y los personajes hallan en el acto de la representación, incluso, una herramienta para amar.
Esto me lleva a lo que más destaco de la película, y me pregunto si también lo observaste: su preocupación por los límites de la representación, del cine mismo y, así, por el luto a través de la representación. Creo que cuando hablamos de cine siempre hablamos de memoria. La certeza de que aquello que filmamos está realmente allí, o de que lo que vemos en una película tuvo o tiene una existencia física y comprobable, se choca con una realidad indiscutible: encuadrar es elegir, montar es resignificar, y al final del día es imposible saber cuánto de esa realidad comprobable sobrevive aún en la imagen cinematográfica. Tomo esta idea para repasar mi secuencia favorita: una breve interacción entre Jeanne y Gabriel en la habitación que comparten en el palacio del sultán. Cuando él se lamenta por no poder verlo todo, ella contesta que el único que puede hacer eso es Dios. El encuentro se repite, y la alternancia entre posiciones de cámara revela lo que antes permanecía fuera de campo. Incluso cuando están físicamente alejados, vemos a ambos personajes en la totalidad de su encuentro. Así, se llama la atención sobre ese poder que el cine ofrece: una capacidad de ver que adopta una infinidad de formas y la oportunidad de moldear el mundo. No es insignificante el hecho de que esta secuencia preceda al momento en que el narrador nos informa de la muerte prematura de Jeanne. En un gesto amable y tierno, que puede existir solo gracias al cine y sus artilugios, el film le permite a Gabriel y a nosotros ver un poco más antes de despedirnos de ella.
Me interesa en particular lo que sucede en torno a Jeanne: su reaparición en la forma de una especie de fantasma cinematográfico, una imagen incompleta que se parece a ella pero que sabemos con certeza que no lo es. Imagino que a esto se refería Rebollo cuando advertía sobre el peligro de las imágenes. Es fácil perderse en su magia porque nos recuerdan demasiado a nuestra realidad empírica. Son engañosas: nos permiten creer que hemos escapado a las trampas de la memoria y el desgaste del olvido, que hemos encontrado una solución a nuestras limitaciones humanas y nuestra percepción lineal del tiempo. En la alcoba del sultán lleva ese engaño al máximo con aquella cámara milagrosa que hace aparecer y desaparecer objetos, que se roba la mano de Veyre y que trae al mundo una nueva Jeanne. La fantasía de atravesar la barrera de la muerte a través del acto de la representación es solo eso: una mera fantasía. Incluso esa cámara mágica es incapaz de traer a Jeanne de vuelta. Y aunque esto enloquece a Veyre, y persigue a esa mujer que tanto se parece a su esposa, pero no lo es, finalmente hace las paces con ella. La acepta como representación y, por lo tanto, como una entidad en sí misma. Admiro el optimismo del gesto, pero me pregunto, también, si existe algo cosificante en la forma en que el film trata a Jeanne, algo que nos remonta a esa tan aludida mirada masculina. Sobre todo porque Rebollo habló de ella como si fuera casi tan protagonista como Veyre, pero ¿es este el caso? ¿Se explora su realidad tanto como la de su esposo?
Espero con ansias leerte. Nos estaremos cruzando por los pasillos de la Cinemateca.
Cleo
Cleo,
Pasé las dos semanas del festival pensando en esta película y en tus palabras. Creo que muy pocas películas de la programación de este año me lograron maravillar tanto como En la alcoba del sultán. Fue la primera que vi —sacando Volveréis en la apertura—, y quizás eso exacerbó el impacto que tuvo en mí: entré a todas las demás funciones buscando (con muy poco éxito) sentirme un poco como me sentí viendo esta película. Soy bastante detractora de las biopics, e incluso sabiendo de antemano que la película estaba basada en la vida de Veyre, no se me había ocurrido que podría considerarse así. Lo primero que pensé al leerte fue ¿por qué me estás hablando de biopics? Es muy fácil olvidar que se trata de una biopic, o que puede considerarse como tal. Me cuesta un poco llamarle así a una película que es tanto más que eso, y que a la vez escapa a tantos lugares comunes del género y reniega de sus modos de representación usuales; quizás porque las preguntas que (se) hace la película evidencian preocupaciones que van mucho más allá de un interés biograficista por contar la historia de Gabriel Veyre. Me gusta pensar en la posibilidad de que no todas las películas sobre personajes históricos sean biopics.
Comparto tu escasa preocupación por el rigor histórico en este tipo de películas, no son ni deberían ser libros de historia. La preocupación por hacer una buena película obliga a alejarse de la obsesión por recrear una época al detalle. Esta fijación genera una fisura en el pacto con el espectador, que nunca termina de suspender la incredulidad por estar prestando atención constantemente a la precisión en la recreación de la época, buscándole fallas. La obra que nos convoca deja muy claro que sus intereses radican muy lejos de la recreación exacta o “realista” de un período, y este problema se extingue.
El año pasado no vi La estrella azul, pero recuerdo que se habló bastante de ella. Sí vi en esta edición la película sobre Los Planetas, Segundo premio. Me gustó mucho: con sus diferencias, tanto en ella como en En la alcoba… encuentro un sentido de la honestidad similar. En Segundo premio, casi ninguno de los personajes tiene nombre: son todos “el cantante”, “el guitarrista”, “el baterista”, etc.; esos personajes son apenas una de las infinitas representaciones posibles de las personas en las que se basan. La película solo puede contar una versión de la historia y se hace cargo: el protagonista, cuando narra los hechos en voiceover, dice a cada rato «esto no fue así», «esto no sucedió». Además de estos recursos de guion, varios elementos del montaje y algunas ideas de la puesta en escena subrayan la cuestión central en la película, que es la imposibilidad de filmar una historia “real” y la voluntad de hallar formas de representación que logren, a pesar de eso, contar una historia verdadera.

Alejarse de los hechos para acercarse a la verdad, alguna verdad. A algo genuino. Eso es lo que me fascinó de En la alcoba del sultán. En su intento de capturar algo tan huidizo, busca hacer algo que va mucho más allá de poner en imágenes la memoria de lo que sucedió. Lo que la película agrega a la historia, a través de las posibilidades creativas y de representación que el cine ofrece -y Rebollo toma y estira- es lo que despierta esa sensación de asombro que, dentro de la trama, los mismos personajes persiguen. Los límites entre lo real y lo fantástico comienzan a cruzarse gradualmente y, a la vez, muy rápido. Primero, Veyre le presenta al Sultán la cámara de fotos y la cámara de cine. Si semejantes inventos anteriormente impensables -o cuanto menos improbables- pueden existir, ¿por qué el siguiente invento lógico no podría ser una cámara submarina? Y después de esto, ¿por qué no una cámara que capture el alma de las personas? La película plantea esto de tal manera que la progresión se siente orgánica. Nos recuerda que la cámara de cine es una herramienta poderosísima; con ella, es posible seleccionar y recortar la realidad. El cine incide en el mundo y, para bien o para mal, lo transforma. El sultán se pregunta: «¿Qué quedará en este lugar luego de haberlo filmado?» El vínculo entre los personajes humanos y las «emisiones» de la cámara mágica es algo análogo a nuestra relación con la imagen cinematográfica: deslumbramiento, maravilla, amor, obsesión y, finalmente, desconfianza. En lugar de perdernos en las imágenes, la desconfianza nos permite entenderlas y apreciarlas.
Honrando esta desconfianza, debo decir que también me cuestioné la mirada sobre el personaje de Jeanne. El tópico de la esposa muerta, que ya de por sí me aburre muchísimo, suele reducir a los personajes femeninos a vehículos para explorar el dolor masculino; la esposa muerta es idealizada y recordada como una mujer perfecta pero difusa, inefable, poco definida. En este caso, está un poco matizado. Antes de su fallecimiento, vemos algo de ella más allá de lo que queda en la emisión de la cámara mágica. Pero, en la disputa de Veyre y el sultán por ella, es inevitable sentir un dejo de tedio que nada más en la película transmite.
Otro aspecto que me llamó la atención -también en parte por las palabras del propio Rebollo en la presentación-, es el rol de la luz, de lo que poco hablamos pero es esencial en la película. La combinación de la fotografía en fílmico y la luz del desierto le da a las imágenes un efecto muy particular. Es una luz rara, bellísima, que enrarece todo lo que ilumina, y es muy consistente con el tono general. En una película como esta es indispensable pensar en la luz, materia prima del cine. Sin embargo, al presentarla, Rebollo habló de la importancia de la oscuridad, invitando al público a cerrar los ojos cuando empezara la función.
Te escribo esto cuando el festival ya terminó y, de las veinte películas que vi, en ninguna otra pensé tanto como en esta. El optimismo que mencionás, esa sensación refrescante de que todo está por descubrirse y hacerse… ¿Te encontraste también queriendo volver a este mundo? Por mi parte, todavía persigo ese asombro que me dejó sin aliento en la sala dos, en el segundo día de festival, y que espero volver a encontrar pronto.
Clara
Clara,
Me conmueve tu respuesta y tu maravilla ante la película. Sin dudas, comparto el sentimiento. Tuvimos la suerte —o la mala suerte— de cruzarnos con algo muy especial muy temprano en el festival. Y aunque es cierto que esto condujo a una sensación de decepción frente a los films que le siguieron, también sentí que mi experiencia como espectadora se vio alterada por este primer encuentro, y las reflexiones que surgieron de él. Quizás todo el cine se trata de sí mismo, e invita, a veces de forma inconsciente e involuntaria, a esa mirada introspectiva. Me reencontré con En la alcoba del sultán, o con su alma, en Los niños perdidos, de Gabriela Guillermo, donde tres adultos se embarcan en un viaje hacia el pasado a través de un documental del que fueron parte muchos años atrás, recorriendo los mismos espacios y repensando sus vivencias y la forma en que fueron representados, así como su propio deseo de ser representados de cierta manera. Henry Fonda for President, también, me llevó a los mecanismos de representación que hacen a un símbolo, y la discordancia que puede sentir el sujeto de nuestra admiración con los ideales que recaen sobre él. Le agradezco a En la alcoba del sultán por ayudarme a resignificar esos días de festival, y espero cruzarnos pronto con un film similar.
Con ánimos de seguir filmando, amando, y desconfiando, te mando un enorme saludo.
Cleo

