No se puede negar la fuerza del blues. Si no sentís nada con Skip James, con Robert Johnson, o con Lightnin’ Hopkins, sos un insensible o tendrían que internarte para ver si todavía tenés pulso. Después de escuchar Me and the Devil Blues deberían, como mínimo, darte ganas de salir corriendo a hacer un pacto con el diablo. O entrar en trance con Lead Belly. O convulsionar con Charlie Patton. A mí, personalmente, Ma Rainey me pone la piel de gallina. Por algo es que el protagonista de The Loneliest Man in Town dice: «yo tengo el blues», porque el blues no solo se escucha; se tiene.
La película sigue a Al Cook, una leyenda del blues austríaco. Tiene 80 años y es un rockabilly: lleva jopo y viste sacos y camisas que recuerdan a Johnny Cash. Ha grabado discos, tocado con estrellas de la música y hecho apariciones en televisión. Ahora vive solo, rodeado de vinilos y viejas reliquias en un antiguo apartamento de Viena. Sin embargo, su mundo está en riesgo: una empresa inmobiliaria comienza a presionar a los inquilinos para desalojar el edificio, demolerlo y construir uno nuevo. Mientras sus vecinos ceden, Al se queda, con guitarra en mano, y resiste al acoso gentrificador.
El apartamento no es un set decorado: los cuadros, los libros, el sillón con manta de animal print y la colección de fotos de Elvis son pertenencias reales de Al Cook. La mujer que aparece en los portarretratos es, efectivamente, su esposa muerta. Pero la película nunca se propone aclarar qué es estrictamente real y qué está puesto en escena; tampoco le interesa. Ese es justamente el núcleo del cine de Tizza Covi y Rainer Frimmel.
Covi es italiana, Frimmel es austríaco, y juntos dirigieron películas maravillosas como La pivellina, Mr. Universo, Vera, entre otras. Su amor por la cultura circense y cierta estética white trash recuerda al neorrealismo de Fellini en La Strada y Le notti di Cabiria. Su cine es híbrido: es documental y ficción al mismo tiempo y, quizás, no sea ninguna de las dos. No utilizan guiones rígidos y proponen un conflicto —muchas veces imaginario o parcialmente ficcional— con una persona real, en espacios también auténticos. Pero no hace falta distinguir del todo entre lo vivido y lo representado, porque con Cook ambas dimensiones ya están inevitablemente mezcladas. Lo mismo sucede en Vera, su anterior película. El film sigue a Vera, la hija de Giuliano Gemma, gran ícono del spaghetti western. En ambos casos, lo que importa no es tanto la representación de una vida sino la construcción de una presencia. Vera Gemma y Al Cook no actúan en el sentido clásico, pero tampoco simplemente son. Hay una conciencia de cámara, y Tizza Covi y Rainer Frimmel indagan dentro de ese espectro donde ser y representar son partes de lo mismo. Su método de trabajo refuerza el naturalismo de sus películas. Filman cronológicamente, con un equipo mínimo: Frimmel en cámara, Covi en sonido. Evitan armados de sets y, así, sostienen una continuidad orgánica, lejos de las exigencias de un plan de rodaje tradicional.
Los directores de The Loneliest Man in Town no llegan como extraños; conocen a Al Cook desde hace casi veinte años. Han ido a sus conciertos, comparten su gusto por el blues y también viven en Viena. De todas formas, cuentan que él no estaba convencido de hacer una ficción: prefería un documental sobre su vida, una película biográfica que diera cuenta de su trayectoria y experiencia.1 La dupla le prometió que una ficción tendría mayor alcance y que, a partir de esa visibilidad, quienes se sientan atraídos podrían acercarse después a su música y a sus libros.
En ese sentido, el trabajo con el archivo es fundamental. Más allá de que hoy, por la edad, su cuerpo ya no responda igual, para los directores era importante dar cuenta de lo buen músico que es Al Cook. Afortunadamente, su compulsión por coleccionar y clasificar significa que ha conservado todo: apariciones en televisión, recortes, fotos, discos. Los directores recurren a ese material como contrapunto para dialogar con el presente y reconfigurar lo que vemos. En una vieja filmación en Super 8, por ejemplo, aparece su esposa —hoy muerta—, que lo besa sin conciencia de que el registro va a sobrevivirle. Tizza Covi dice que su trabajo es, de algún modo, el de una archivista: consiste en rescatar y preservar la memoria de una persona. The Loneliest Man in Town no es, sin embargo, una película sobre el pasado. En una conferencia de prensa de la Berlinale del 20262, Al Cook contó que, allá en 1960, entró por azar a un cine a ver Loving You, con Elvis Presley. Quedó fascinado y, ahí, decidió que eso era lo que quería ser. Aprendió a tocar, empezó a presentarse en vivo, pero para entonces la beatlemanía ya había cambiado todo y nadie quería a Elvis. De eso se trata, en parte, la película: de un mundo que avanza demasiado rápido y que muchas veces nos deja atrás.
La casa de Al Cook funciona como una trinchera frente a ese avance. Es un templo del blues: cuadros de Ma Rainey y Robert Johnson, discos, objetos acumulados a lo largo de una vida. La música también habita ese espacio. Las canciones propias conviven con otras de Lonnie Johnson y de Bertha Chippie Hill. Otro refugio es el pub Louisiana, donde toca ocasionalmente.
En la cultura contemporánea, la nostalgia suele ser un producto de marketing. Sin embargo, acá se adopta como forma de resistencia. El apego al soporte físico es parte de la lucha activa. Los objetos tienen peso, ocupan espacio. La gentrificación, en cambio, es digital. Busca limpiar, vaciar, volver rentable. Frente a la estandarización de los edificios modernos, la película propone una épica de lo barroco y lo singular. Al Cook no se viste como Johnny Cash porque esté de moda; se viste así porque, para él, nunca dejó de estarlo. Hay en eso una forma de lealtad y consistencia. Incluso frente a los movimientos del mundo y del mercado, hay que defender lo que a uno le conmueve y sostenerlo.
En la actualidad es difícil negar la existencia de un malestar extendido. No se trata de caer en la idea simplista de que todo pasado fue mejor, sino de reconocer la ansiedad que produce la velocidad con la que todo se transforma. Los cambios suceden cada vez más rápido, los tiempos de adaptación se acortan y la inestabilidad se vuelve una condición casi permanente. En un mundo donde todo es perecedero, las pérdidas se intensifican. En ese sentido, precisamente porque va contra la lógica de la aceleración y del descarte, el cine puede interpretarse como una de las formas más radicales de resistencia frente a lo efímero. Es la tecnología de la permanencia por excelencia: una imagen diferida que puede conservar en sí misma algo del pasado, fijarlo, hacerlo aparecer de vuelta. Frente a un mundo que empuja al olvido inmediato, el cine insiste en la duración, en la posibilidad de que algo siga ahí, disponible para ser visto. The Loneliest Man in Town es, por esto, un regalo. Nos permite conocer a Al, entrar en su universo, en su forma de habitar la música, pero también acceder a un conjunto de memorias y conocimientos que él mismo ha acumulado y preservado a lo largo del tiempo.
Se dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo para convertirse en el mejor guitarrista. Nuestro personaje también pacta con el diablo en forma de empresa inmobiliaria. La diferencia es que acá no hay muerte prematura (como la de Johnson, asesinado a los 27 años). La lucha de Al Cook contra el capitalismo y la especulación consiste, justamente, en una obstinada voluntad de seguir viviendo, en no rendirse a pesar de las circunstancias. Podrá tener 80 años, pero todavía tiene vida y sueños por delante. Esto le da a la película un profundo humanismo y propone una épica posible lejos de discursos fatalistas. Tizza Covi lo resume de manera directa: su película trata, en última instancia, de no rendirse.
La palabra blues remite a la expresión en inglés de «feeling blue», sinónimo de tristeza y melancolía. Sin embargo, reducirlo a esa dimensión afectiva resulta insuficiente. El blues no es una música derrotista: es una forma de expresión que surge del devenir histórico de la opresión de la población negra en Estados Unidos y de la necesidad de resistir frente a esa experiencia.3 Recoge y transforma tradiciones anteriores, como las canciones de trabajo —ritmos que acompañaban la labor forzada en las plantaciones y ayudaban a sostener cierto ánimo colectivo— y los spirituals, atravesados por la promesa de justicia y por la invocación de fuerzas sobrenaturales capaces de protección o redención. El blues se sitúa, así, en esa zona intermedia entre el dolor y la afirmación. Reivindica el sufrimiento como parte de la experiencia humana y, paradójicamente, es precisamente a través de esa lírica que consigue no rendirse ante él.En la película, esa obstinación por seguir adelante aparece en el reencuentro con una mujer que había sido pareja de Al en la juventud: como si el pasado no estuviera del todo clausurado, como si todavía pudiera reactivarse. El hombre más solitario de la ciudad, al final, no está tan solo. Tiene amor y música. Incluso, en esa Navidad sin electricidad, puede sacar su guitarra y cantar esas viejas canciones de blues. Como entona Mississippi Fred McDowell: You got to move / You got to move / But when the Lord gets ready / You got to move / You may be high / You may be low / You may be rich, child / You may be poor / But when the Lord gets ready / You’ve got to move / 4


- Tizza Covi & Rainer Frimmel interview on The Loneliest Man in Town at Berlinale 2026. The Upcoming Magazine. ↩︎
- Press conference for “The Loneliest Man in Town” with Rainer Frimmel (Director), Tizza Covi (Director, Screenplay), Al Cook, Michael Stütz. Thursday, February 19, 2026 at the Berlinale Press Centre. ↩︎
- Marcus, Greil. Mystery Train: Images of America in Rock ’n’ Roll Music. New York: E. P. Dutton, 1975. ↩︎
- Nota de traducción: Tenés que moverte / Tenés que moverte / Pero cuando el Señor esté listo / Tenés que moverte / Podés estar arriba / Podés estar abajo / Podés ser rico, niño / Podés ser pobre / Pero cuando el Señor esté listo / Tenés que moverte. ↩︎
