Abatir contra el mundo

En octubre del año pasado empezamos a idear una iniciativa que, más allá de las reflexiones individuales que pudiesen pronunciarse entre redactores de la revista, funcionara como un espacio de encuentro donde estas diversas ponderaciones pudiesen entrar en diálogo y conjugarse en una reflexión colectiva. Uno de los estrenos más notorios en la cartelera uruguaya en ese momento era la nueva película –primera en ocho años– de la realizadora escocesa Lynne Ramsay, responsable de Cazador de ratas (1999), El viaje de Morvern (2002), Necesitamos hablar de Kevin (2011) y You Were Never Really Here (2017). Ya desde su estreno en la selección oficial de Cannes, Matáte, amor, basada en la novela homónima de Ariana Harwicz, incineró polémicas y despertó tanta indignación como admiración. Con un tema tópico y un tratamiento insólito, el film era la oportunidad perfecta para catapultar nuestro proyecto de newsletter. En cada entrega mensual, el newsletter incluiría una sección donde nuestros colaboradores participarían con párrafos breves como síntesis de sus perspectivas sobre una misma película. Por dificultades tecnológicas del proyecto para su configuración adecuada antes de liberarlo al público, tuvo que retrasarse y no pudo ver la luz en diciembre, cuando estaba destinado a ponerse en funcionamiento. Estas pastillas quedaron en el baúl, hasta ahora.

Este mes de marzo inauguramos el newsletter, pero con otra película como centro de las pastillas. Sin embargo, como muestra de lo que podrá verse a partir de ahora con una regularidad mensual, decidimos liberar las pastillas de Matáte, amor. Algunos colaboradores destacaban una «belleza en los terrenos oníricos en los que se adentra», pese a que también lamentaron que «el film termina perdiéndose en todo aquello que decide elipsar». Otros fueron menos benevolentes al criticar que «la extrañeza y lo errático irrumpe en el film de Ramsay, paradójicamente, de manera completamente calculada». Desde comparaciones más acérrimas con la novela hasta reflexiones alrededor de la temática de la depresión posparto, la película despertó sensaciones mixtas entre nuestros redactores, y puede que su recolección permita, meses después, una serie de impresiones sobre «aquel bosque en que Grace desvanece».


Agustín Acevedo Kanopa

La duda de llevar Mátate, amor a la pantalla era cómo no perder todo en el traspaso, porque la obra de Ariana Harwicz es sanguineamente literaria. Todo en ella se da en un estado de sublevación del lenguaje, una fundición de la palabra al calor del odio hasta que se convierte en una amalgama blanca, incandescente. No importa el etiquetado conceptual y visual sobre las cosas, sino las palabras que las enturbian.

No toma mucho darse cuenta de que los asuntos de traducción audiovisuales hacen mella: el libro nos arrastra por la violencia del monólogo de una mujer que, más que lo que hace realmente, se promete a sí misma lo que va a hacer. La efectividad viene de que, al no tener release propio, todo sigue creciendo y creciendo. En la película, por el contrario, Grace es una máquina de catarsis perpetua. Una manic pixie nightmare girl cuyo comportamiento está sujeto a un desesperante vórtice de repeticiones. Mucha gente hablará de lo descarnado de la actuación de Jennifer Lawrence, pero es de esos casos donde es difícil precisar si lo que no cierra de ella es un problema de actuación, un problema de dirección de actores o un problema de guión. Uno puede imaginar en su desplazamiento felino ese tipo de ejercicios actorales para entrar en personaje. “Sos una pantera herida, un animal que se escapó de sus crías”. El problema es que eso debería ser una metáfora para una construcción interna del rol, no algo que se estampe en pantalla. Ya cuando vemos aquello por tercera vez es que percibimos, como todo lo que pasa en el film, el gesto didáctico y obvio.


Pietro Calace

Mátate, amor es una película que encuentra extrañeza en su singularidad. Es como si Lynne Ramsay hubiese tomado la decisión deliberada de estructurar un film entre los parámetros asentados de la elevación actual del terror (¿a qué se debe el término?), donde se establecen uniones bilaterales entre una vaga y superficial comprensión psicológica y del propio género pero extirpando, con algunos resbalones, la vertiente del terror. No deja de tener un semblante que se equipara con este arquetipo venenoso de películas, pero tiene el reparo de distanciarse de atributos espirituales-sobrenaturales (en la mayor cantidad de sus iteraciones, claro) que suelen utilizarse como un disparate que oculta la confusión como postulado fundamental. Sin dudas que hay un valor loable en extraer una enfermedad mental de su representación común definida por exacerbaciones absurdas pero, lamentablemente, se patina en su grandilocuencia. En su elevación permanecen los gritos tan impostados como exagerados de Jennifer Lawrence, rituales incómodos, colores saturados, apariencias de profundidad y retorcimiento y un final alegórico entonado en la infame madre! de Aronofsky. En sus partes más humanas reside una película que encuentra valores legítimos que, de profundizarlos con mayor interés, podrían llegar a buen puerto. En oposición, no hay más que una serie de caprichos que intentan ocultar un elefante blanco con un mantel individual.


Milena Labandeira

Lejos de la vida urbana, la crianza, encorsetada a un mundo gris, pequeño y opresivo, nace en un contexto sintomático e invalidante. Grace, la protagonista, se encuentra invadida por la sensación de inadecuación. Incapaz de continuar realizándose como mujer y escritora separada de su rol de madre, la leche materna se termina fusionando con la tinta negra. No reprime; expone constantemente y sin inhibiciones cómo la vida, la muerte, el deseo y la carencia coagulan su cuerpo y mente mientras Jackson, su pareja, se divide entre la potencia e impotencia y se resiste a ella tanto como se doblega. 

La extrañeza y lo errático irrumpe en el film de Ramsay, paradójicamente, de manera completamente calculada. No parece haber una dialéctica entre Grace y lo que se espera de ella, y no se abren intersticios de fuga en pos de que el consenso sobre ella sea desafiado. Si la preocupación de la directora era subrayar la importancia de atender al componente contextual y de desubjetivación de la madre como causas principales de lo que se diagnostica —a veces muy tempranamente— como depresión post-parto, así como señalar la opresión como ambiente que facilita los arrebatos, fracasa por la impaciencia con su protagonista. Sofoca su inquietud y la fuerza, volviéndola un espectáculo. Esa sensación de inadecuación y su goce solo se nos muestran mortificantes; su lenguaje, entonces, no se independiza del mismo lenguaje que el mundo elabora sobre ella. Si el riesgo es aquello que «abre un espacio desconocido»1, como lo define Anne Dufourmantelle, en Mátate, amor los riesgos que toma la protagonista, en vez de poner en juego un extrañamiento que habilite afirmarse y resistir desde la fragilidad, derivan a una desobediencia frente a las normas sin encarnar un horizonte propio.


Federico Lorenzo

Las ideas presentes en las películas anteriores de Ramsay están en pantalla: la búsqueda de la identidad femenina, el deseo reprimido, incluso lo que significa ser madre. Sin embargo, y pese a que me inclino hacia una valoración positiva, el film parece dirigido por no más de una única idea. Ramsay logra encontrarse, por ejemplo, cuando separa al personaje del mundo a través de los elementos de la composición, o cuando su mirada se pierde tratando de buscar algo por fuera de esa casa en el campo. Cuando deja que la cámara filme sin caer en efectos oníricos, la película consigue comprender mejor a su protagonista. Pero cuando busca abrir nuevos caminos sin más que meros trucos narrativos, adolece de decisiones que, por desgracia, nos acercan a la imagen que los detractores de Ramsay perciben sobre la cineasta por encima de lo que es su filmografía.


Juan Recuero

Abatir contra el mundo e inmiscuirse en las sombras. El imperativo psicológico de objetivar los alrededores en figuras que se arrastran por las paredes, y que de esas sombras, proyectadas por el fuego, brote tanto la imposibilidad de emanciparse como la desarticulación del tejido social. Pura subjetividad en contra de la falsa prosperidad. Era Platón quien descreía de la percepción y denostaba sus engaños, ya que vienen en residuos de otro mundo: lo que los objetos nunca podrán ser. Si quiere encontrarse alguna verdad, primero hay que salir de nuestra cueva. Ante esta inclemencia, Ramsay no sale de la cueva sino que distorsiona el mundo sensible y, aunque se exprese como plena distorsión más que como realidad imperante, la puesta en escena recae en la prosaica escultura de volver al mundo sensible un espejo de la violencia que se extiende a las obligaciones de un entorno áspero. Según su lógica, las misiones más nobles acaso vendrían a ocuparse de este rubro inatendido, que fecunda el desplazamiento del sueño como ilógica interna. En vez de parir la desidia para culminar en catarsis, lo que acontece con el film de Ramsay es que anula toda definición y trazo fino; prefiere las sombras y, en ese movimiento oblicuo, pierde de vista esos cuerpos que gobiernan, como única fuerza expresiva, un film vacuo.


Cleo Rosá

Puede hallarse catarsis en la imagen de una mujer abyecta, que renuncia a toda norma socio-cultural y se presenta sin filtros ni pudor: vulgar, sucia, enfurecida. Pero Mátate, amor no se deja transformar por esa vulgaridad. Se suceden de forma incesante secuencias donde Grace (Jennifer Lawrence) se comporta de forma errática y violenta, y es difícil discernir qué debemos extraer de estos momentos. Ante la ausencia de la normalidad de la que rehuye o la opresión contra la que protesta, lo que resulta es un boceto a medias de un personaje reducido a una locura indefinida —Grace no recibe ningún diagnóstico concreto— y que responde a los caprichos de una película obsesionada con superar sus propios excesos. Hay belleza en los terrenos oníricos en los que se adentra; las secuencias nocturnas, sobre todo, construyen un paisaje mágico y misterioso. Estos acercamientos a lo fantasioso trabajan en conjunto con una temporalidad fragmentada para construir una tela de incertidumbre. Y aunque esto nos acerca al universo interno de Grace, el film termina perdiéndose en todo aquello que decide elipsar. Aterrizamos de lleno en la locura de la protagonista y, debajo de esta, no parece haber nada.


Diego Vitureira

Entre el retrato de un drama y la abstracción de su narración mediante la experiencia sensorial, Matáte, amor pondera sus intenciones en una pulseada que, lamentablemente, vira de bandos a conveniencia. Los descubrimientos que traza el film se circunscriben a una búsqueda de la subjetividad de Grace que, pasados la mitad del filme, se ahogan a sí mismos mediante una mirada que resulta teledirigida. Me parece valiosa la relectura que hace del marco teórico del libro –la depresión post-parto– para enfocarse en la decadencia que le supone a la protagonista posponerse a ella misma: vivir con y para su hijo recién nacido en la casa de la infancia de su esposo. Es un tema que encuentro más vigente que nunca, y la dicotomía que padece la película entre lo que quiere ser y lo que finalmente es, evidencia el acierto de aventurarse por esos territorios cassavetianos —también debido a sus dos actores principales— más que por aquel bosque ardiente donde Grace desvanece.

Fotograma de Matate, amor

  1. Anne Dufourmantelle, Elogio del riesgo, ob.cit., p.59 ↩︎