«El cine es lo que nos queda», enuncia María José Santacreu en una nueva apertura del Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, en contraste con el devenir tenebroso e inescrupuloso del mundo. Es una consigna reiterativa en el comienzo de cada semana de turismo en las inmediaciones de la Ciudad Vieja, pero no por ello es prescindible. Volver a reivindicar, una y otra vez, que el cine puede ser una flor creciendo en un territorio dilapidado es un gesto que necesita ser insistente, no sólo por su propia testarudez, sino por el empecinamiento en recalcarlo como un medio que nos permite explorar recovecos para salir de la sala siendo un poco mejores. Así, abrir un festival con Un cabo suelto resulta, por un lado, valioso: pone los ojos en la región en la misma medida en que los ponemos en el resto del mundo y, a su vez, permite reírnos un rato de nosotros mismos. Por el otro, un gesto porfiado: ¿necesitamos en Uruguay seguir riéndonos de nosotros mismos? ¿Tiene que ser siempre ese el túnel de escapatoria, la herramienta de introspección, el paréntesis con la realidad? Las interrogantes pueden ser retóricas, pero tengo una respuesta clara: sí, se puede. Pero no por eso se pueden descuidar las formas y sus significantes.
Un cabo suelto tiene dos leitmotivs: los juegos de palabras y las disquisiciones entre las costumbres argentinas y las uruguayas. Esta última incursión, como es cada vez más usual en el cine uruguayo –por ende, sintomático–, trasciende a la narrativa de la película y se convierte ya sea en un medio o en una excusa para establecer una coproducción entre ambos países. Es una acción legítima que da la posibilidad a que ciertas películas puedan simplemente existir, pero resulta muy limitante en sus ademanes, ya que requiere una manifestación de ese vínculo que sea palpable en la pantalla. En algunos casos, las imágenes son ingenuas; en Temas propios las simbologías y modismos de ambos países se fusionaban en una masa uniforme rioplatense que servía no más que para generar una identificación artificial y confusa sobre lo que uno visionaba. En otros, son más auténticas; en Sánguche caliente (película independiente, no está de más aclarar) se visualizaban escenarios representativos de cada país y se escudriñaba, mediante merca y lisergia, en idiosincrasias que encuentran tantas similitudes como distinciones en sus constituciones. Un cabo suelto opera en una suerte de punto medio entre ambos ejemplos: en un terreno donde existen las identidades nacionales, pero en una superficialidad cómoda que no escarba más allá de la gracia de reconocer las oposiciones.
No ignora, así, la máxima: el argentino es el mellizo ajetreador, desprolijo y pasado de azúcar que siempre está amagando con prender la mecha de la bomba y, después de tantas idas y venidas, cuando uno empieza a creer que es solo un juego, termina reventando todo; mientras que el uruguayo es el mellizo estoico, con el pelo engominado para atrás, correcto pero despreocupado que mira a su alrededor estallar por los aires mientras mantiene una postura sosegada y un enfoque en sí mismo. Quizás, demasiado en sí mismo. Acá radica un logro inobjetable del film: mientras los personajes argentinos de Sergio Prina, Daniel Elías y Germán de Silva son seres que se sumergen en un caudal entregado únicamente al destino, los uruguayos de Guzzini, Mandrake, Troncoso y los queseros –incluso el de Pilar Gamboa, que es argentina pero con estadía frecuente en Uruguay– son dueños y esclavos de rutinas inexpugnables, indiferencias avasallantes y caminos asfaltados.
El momento más pictórico de esta propuesta díptica es cuando Santiago (Prina) llama a Germán (Guzzini) tras un viaje incómodo, repleto de diferencias de costumbres y durante el cual este último desconocía las peripecias previas de su copiloto, para pedirle asesoramiento legal. Santiago se vuelve a presentar, a lo que el abogado responde: «Ah, sí, el que se llevó la horma de queso» (en referencia a una horma de queso que, efectivamente, Santiago se había llevado). Todo con una entereza impoluta, como si llevarse una horma de queso fuera moneda corriente, pero sin desmerecer esa confianza ciega al compatriota. Así, los uruguayos se muestran apacibles, como si su única preocupación fuera concretar su parada religiosa en la ruta para comprar en un carrito de quesos o salir al Tropicana el viernes a la noche.
Las turbulencias se concatenan cuando estos gestos dejan de funcionar como incursiones cómicas individuales y pasan a conformar un tejido epitelial impenetrable; un refugio para quedarnos en la superficie sentimentalista de nuestra idiosincrasia, que nos empuja constantemente a señalar la pantalla y largar una carcajada. Es esa herida a subsanar con nuestra identidad cultural con la que tan mañoso me pongo: dejar de aparentar que está todo en orden mientras abrazamos a las costumbres que tanto nos ciegan de nuestra historia, de nuestra realidad. Estas costumbres no son menores ni insignificantes, pero tampoco pueden ser este monumento al que siempre acudimos para engañarnos, como si la cultura uruguaya se redujera a estos símbolos y nuestra historia no estuviera repleta de manchas y hazañas. Esta obstinación por convencernos de que nuestra historia puede conocerse a través del agujero del mate nos lleva cuesta abajo y sin frenos hasta el punto de que, cuando queremos mirar hacia atrás en busca de respuestas, solo nos encontramos un campo inmenso, rebosante de nada.
Entonces, cuando decimos que el cine es lo que nos queda, también es fundamental tomar al enunciado como una responsabilidad y al cine como una herramienta extraordinaria para explorar y explorarse como individuos y como ciudadanos. Porque el gran proyecto de identidad cinematográfica, que tanto anhela el ecosistema desde que Felix Oliver trajo el cine al país, no se va a alcanzar haciendo un product placement de nuestras costumbres como política de marca, ni mucho menos forzando su contraste con nuestro país hermano, sino entendiendo que una identidad se constituye por la conjunción de las particularidades de cada obra, de cada individualidad. La representación de nuestra cultura en el cine, como medio para problematizarla y reflexionarla, no radica en la postulación exclusiva de que al mate se lo hincha y se le hace una montañita, ni en una inundación de alusiones a los símbolos del Club Nacional de Football, ni en remarcar que Argentina se divide en provincias y Uruguay en departamentos y lo que allá son departamentos acá son apartamentos; se logra, en cambio, con una formación de autores, a consecuencia de una formación de espectadores.


