Contestando una pregunta del público, Lucía Garibaldi explicaba que su largometraje más reciente, Un futuro brillante, partió del deseo de contar la historia de la última mujer joven en una comunidad. Para dar cuerpo a esta idea inicial, fue necesario construir un universo que explicara y justificara las circunstancias de esa joven. Así nace el mundo de la película: una distopía de ciencia ficción, situada años después de un colapso ambiental, donde los jóvenes son evaluados y, si cumplen con determinadas características, son enviados al norte para trabajar en programas tecnológicos que buscan recuperar el planeta. Nuestra protagonista, Elisa, es elegida para partir a ese mítico norte que se presenta como un paraíso en comparación a los barrios lúgubres habitados por aquellos que no tienen la misma suerte. Pero, a pesar de la emoción de sus familiares y vecinos, Elisa no muestra interés en ese paraíso y se resiste como puede ante sus circunstancias, dando pie al motor que lleva adelante la narrativa.
Lo primero que se hace evidente al ver la película es que es ambiciosa. La apuesta por la distopía y la ciencia ficción exige reformular los paisajes montevideanos y construir un sistema interno que dé veracidad a este mundo ficticio, y el desafío no es menor. Así comienzan a entreverse los hilos: Un futuro brillante abarca mucho más de lo que puede cubrir. Las reglas que propone no se sostienen y su mundo se cae a pedazos. Entendemos que la población está sometida bajo un gobierno autoritario que, sin embargo, no parece tener demasiado poder para, por ejemplo, restringir los movimientos de sus ciudadanos. Se les da a entender que por fuera de la ciudad no están a salvo, que acechan plagas de hormigas que han arrasado con todo, pero también se les permite salir sin problemas, siempre y cuando firmen un acta que afirma que el Gobierno no es responsable por lo que pueda suceder ahí fuera. Es cierto que la vida en el sur es lúgubre, pero está lejos de ser miserable. No parecen existir la represión o la pobreza; no hay una mayoría que pasa hambre para que la minoría pueda disfrutar de una vida lujosa. Nos da igual que Elisa y su madre —-quien intenta ganar una subasta que ofrece un pasaje— vayan, o no, al norte, porque las apuestas son demasiado bajas.
El film no se preocupa mucho por explicar a la audiencia cómo opera su universo. Casi todos los diálogos son expositivos; nadie tiene conversaciones genuinas ni manifiesta ideas individuales. Pero, en su esfuerzo por esclarecer, por darse a entender, termina llamando demasiado la atención sobre todo aquello que no funciona y pierde de vista lo que a Garibaldi le interesaba contar en un principio. La película se pierde en las preguntas que nos obliga a hacernos. No terminamos de entrar en el juego que nos propone y, cuando bajan los créditos, sabemos y sentimos lo mismo que cuando el film empezó. No abogo por una lectura del cine que haga hincapié en los plot holes, pero, en este caso, la exposición constante y esa construcción vacua no resultan en un mundo donde pueda discernirse un eje temático o un discurso cohesivo. La distopía de Un futuro brillante está hueca: es un conjunto de imágenes —a veces desconcertantes, a veces asquerosas— que emergen y se retiran sin más parafernalia, sin contar ni construir nada. Y es una lástima, porque algunas de esas imágenes, algunas de las ideas que se esbozan, tienen potencial.
Es curioso, por ejemplo, que el tema de explotación sexual no pese más en una historia que nace del deseo de indagar en las vivencias para la última joven en un mundo de viejos. Elisa monta una operación clandestina: un servicio con dejes fetichistas que ofrece a personas mayores, quienes se sientan a su alrededor con los ojos vendados mientras ella les ofrece partes de su cuerpo para oler. Esta idea del aroma de la juventud como un bien cotizable requiere que el público acepte, a priori, que en este mundo los sentidos han sido restringidos, que el erotismo está prohibido y es inaccesible. Pero este no es el caso: es cierto, por ejemplo, que los vecinos hacen uso de parlantes para escuchar sonidos de animales ya extintos, pero ¿por qué el aroma? En nuestra cultura, las imágenes de la juventud son explotadas, envidiadas y erotizadas. La protagonista es comparada en varias ocasiones con una muñeca; ¿no se deduce, entonces, que su aspecto es cotizable?
El problema, claro, es que la idea de pagar para oler a alguien es más atractiva porque es más rara. A esto responden varios elementos formales del film: una rareza que salta a la vista, pero que no nos cuenta nada. Bajo esta tendencia se enmarca el escenario donde transcurren los hechos: una tierra que se asemeja a Uruguay pero no lo es, ya sea porque a lo lejos se divisan montañas o porque las voces grabadas en el buzón del teléfono, o en el anuncio que llama a los vecinos a un control de plagas, hablan un español neutro y genérico. Se pierde cualquier elemento que pueda anclar la historia a una realidad reconocible. No hablo de sobrecargar la película de signos asociados a la identidad del país —ni mates ni vasos de requesón—, sino de atreverse a trazar conexiones con el contexto real que habitamos. Los elementos que aluden a los años 60, las montañas que se esbozan en el horizonte, no construyen extrañeza: representan una tibieza que mata todo posicionamiento, todo discurso. Recuerda a La sustancia (2024), donde los smartphones conviven con un espectáculo televisivo de fin de año que nos remonta a la década de los 90. En ambos films, el anacronismo delata una incapacidad de plantarse firmemente en la realidad a la que alude que pretenden denunciar o satirizar.
Aún más allá de esto, anclar la ficción a la realidad la hace más comprensible, más fácil de decodificar. Mientras intentamos descifrar Un futuro brillante, no a nivel temático sino en términos mucho más pragmáticos —qué está permitido, qué no, qué podemos esperar de los personajes y los sistemas que los rigen—, perdemos la capacidad de involucrarnos emocionalmente. Abundan diálogos que funcionan solo para recordarnos qué estamos viendo y qué debemos pensar. Un futuro brillante no es una comedia negra, no es una reflexión acerca de la explotación de la mujer, ni un comentario acerca de los estragos del capitalismo y el calentamiento global. Quizás alude a ser algunas de estas cosas, pero la realidad es que no se compromete con ninguna, ni se detiene a contemplar o indagar en las ideas que presenta. El guion parece haber sido escrito sin consideración por lo que vino antes: cada escena opera casi como un lienzo en blanco que se construye sobre nada y por nada. La historia no empieza y tampoco termina.
Elisa es una elegida que no quiere aceptar su destino. No es una heroína que desea liberar a su pueblo de la opresión, sino una adolescente: quiere perder el tiempo, divertirse y que nadie le diga qué hacer. Esto es interesante, inesperado: debería, idealmente, resaltar su individualidad, o decir algo acerca de un sistema que exige a los jóvenes arreglar un mundo que ellos no rompieron. Pero es extraño que Elisa sea la única joven que tiene ideas. Sus compañeros, los otros adolescentes elegidos para ir al norte, no piensan, no difieren, no exigen. Tampoco los vecinos de Elisa se cuestionan demasiado. Y eso se debe a que, en Un futuro brillante, todo es un decorado, una excusa para algo más. Los pobres viven en casas sencillas pero prolijas, coloridas, su ropa es bella y no tiene marcas de uso, porque el film quiere ser raro y altamente estilizado como una película de Yorgos Lanthimos. Los personajes dicen lo que necesitan decir para que Elisa pueda ir de punto A a punto B, o para explicar algo a la audiencia sin esforzarse demasiado. Muchos jóvenes no son elegidos para ir al norte, pero aún así Elisa es la última joven en su barrio, porque a Garibaldi le parece interesante. Nada es importante por mucho tiempo: rápidamente aparecen nuevos juguetes —brillantes, coloridos, ruidosos— que la película puede sacudir frente a nuestros rostros un rato, para después olvidarlos y pasar a otra cosa, sin pensar demasiado, sin mirar atrás.


