En los últimos años se ha consolidado un tipo de cine que ha alcanzado una notable centralidad dentro del circuito del prestigio. Un cine cínico que está embelesado con incomodar, repeler y escandalizar. Cuanto más desagradable, más serio. Cuanto más incómodo, más prestigioso. Un tipo de cine que encuentra en el festival de Cannes, y en toda la industria de los festivales internacionales en general, su principal espacio de legitimación. Así, nos susurran falsos profetas como El triángulo de la tristeza (2022), de Ruben Östlund, o Bugonia (2025), Pobres criaturas (2023) y Tipos de gentileza (2024), de Yorgos Lanthimos, o Sirât (2025), de Oliver Laxe. El cine cínico, abyecto, tampoco es una invención contemporánea. Pero veo difícil negar que pocas veces el cine cínico parece haber perfeccionado un dispositivo estético tan particular y, a partir de ese dispositivo, haber gozado de tan semejante prestigio, tan buena prensa y una acogida tan entusiasta por parte del público. El arte parece ser el único lugar donde todavía se permite transgredir las reglas del decoro cuanto se quiera, ya que en nombre del experimento artístico, finalmente, se permite todo. Incluso se autoriza no ser artístico y, como experimento, no demostrar nada.
Este es el caso de Digger (2026), dirigida por Alejandro G. Iñárritu. La película sigue a su protagonista homónimo, Digger Rockwell (Tom Cruise), un poderoso magnate petrolero cuyas operaciones de perforación terminan por provocar una catástrofe ecológica de consecuencias apocalípticas. Rockwell emprende entonces una carrera desesperada por salvar su negocio y, si puede, el mundo. Entre negociaciones políticas, intereses empresariales y situaciones que se tornan cada vez más disparatadas, la película retrata a un hombre que pretende convertirse en el héroe de una tragedia de la que es el principal responsable. Por esa contradicción, supuestamente punzante, se nos ha querido vender esta película como una sátira mordaz. Pero ¿qué es lo que descubre finalmente Digger? ¿Que los millonarios son unos hijos de puta? ¿Que el capitalismo va a destruir el planeta? ¿Que el poder económico manipula el discurso público? A estas alturas, también que el agua moja.
Para semejante revelación, Iñárritu nos somete a dos horas de un feísmo barroco sin límites. En un momento, pasada la primera media hora, Digger Rockwell y el presidente de Estados Unidos se retiran para conversar en privado. Entran a una habitación abandonada, poblada de animales disecados. Mientras contemplan el paisaje desde la ventana, el presidente le confiesa que tiene un tumor en el culo del tamaño de un durazno. Por eso, es probable que no le quede mucho tiempo de vida. Acto seguido, un árbol se desploma y del suelo emerge un gigante. Alguien grita «¡Corte!». El gigante resulta ser un operario y el árbol, un elemento de utilería. Descubrimos que buena parte de lo que hemos visto era, en realidad, una obra teatral titulada Fossil Fools, la cual recrea una catástrofe ecológica que efectivamente ocurrió en la diégesis del filme. «¡Esperanza!», grité para mis adentros. Aquella primera media hora apenas había sido un ejercicio de resistencia. La irrupción de una nueva capa de representación parecía anunciar, finalmente, una reconsideración de todo lo que habíamos visto hasta entonces. Pero no: en una decisión formal de lo más desconcertante, la película continúa exactamente por los mismos derroteros, reproduciendo los mismos procedimientos estéticos y narrativos. La revelación, entonces, no es más que una pirueta, un firulete.
Por sobre todas las cosas, este tipo de películas son cancheras. Nos hablan desde arriba y nos permiten participar por un rato de su inteligencia. ¿Y qué recurso más inteligente y prestigioso que la autoconciencia? La película, gracias a estas artimañas, nos grita que conoce sus propias exageraciones, que comprende las trampas de la representación y que, por lo tanto, está por encima de ellas. Pero reconocer una limitación no es superarla, y volver Digger dos películas malas no la convierte en una buena.
Cuando la sátira lleva el grotesco hasta nuevos extremos, y cuando convierte a su objeto en una caricatura tan monstruosa, termina negándonos una superficie a la cual herir. Hacer de Trump, de los tecnócratas y de los grandes empresarios una especie de maniquí del mal, transformarlos en algo tan grotesco y estúpido, hace que el poder deje de parecer el resultado de intereses e instituciones concretas para que se convierta en una extravagancia de individuos particularmente despreciables. Esto es lo que hace Digger. Reducirlos a una colección de monstruosidades personales equivale, entonces, a absolver las condiciones que los hicieron posibles. Vuelve a estos personajes demagógicos en sujetos de los que reírnos, sin más. La sátira se limita aquí a ridiculizar a quienes ejercen el poder, pero también a quienes lo padecen. La realidad es que si hay gente que se muestra insensible, embrutecida o adormecida, es porque hay condiciones materiales, instituciones y relaciones sociales que son muy concretas y producen y reproducen esa insensibilidad. Sin ir más lejos, esas condiciones producen esta película.

Todas las películas de esta estirpe, la cual estoy tentado a llamar «cinismo conservador», son muy inteligentes y están hechas por burgueses bien alimentados, que le explican al populacho lo mal que está todo. En el proceso, también le hacen saber que buena parte de la culpa es suya. Pero este cine que tanto presume de incomodar y subvertir termina siendo una caricia en la panza. Se entra a la sala dispuesto a contemplar las miserias del mundo y se sale con la agradable sensación de haberlas enfrentado. Durante dos horas hemos asistido a los horrores del capitalismo, a la corrupción de los poderosos y a la estupidez de nuestros semejantes. Entonces salimos de la sala, nos fumamos un cigarrito después de un café en la cafetería de Cinemateca y nosotros, que hemos leído a Mark Fisher y a Slavoj Žižek, nos sentimos por un rato fuera del asunto. Después, sin más, retomamos nuestras vidas. Podemos volver a casa satisfechos de nuestra propia lucidez; o, mejor dicho, de haber participado por un rato de la lucidez de Iñárritu. Ya sé que, en parte, Digger también va de eso. Es un filme que extirpa los límites de la representación y la sátira para cambiar el mundo. Pero ahí, precisamente, está la trampa del asunto: Iñárritu nos vende dos satisfacciones al precio de una: la de contemplar las miserias del mundo y la de haber comprendido que contemplarlas puede resultar satisfactorio. Podemos sentirnos inteligentes por reconocer el horror y todavía más inteligentes por reconocer nuestra propia complacencia ante él. Un negocio redondo.
¿Cuánto más tenemos que revolcarnos en el lodo? ¿Cuántas veces más estos cineastas van a machacarnos con las mismas revelaciones? El cine no tiene por qué proponer una alternativa, pero ¿qué lo obliga a regodearse en la abyección? Toda esta tendencia de cine cínico parte de una convicción extraña: mientras la felicidad nos oculta algo, la tristeza nos lo revela. Es como si la realidad tuviera un fondo necesariamente terrible y cualquier experiencia de dicha fuera apenas una distracción en el camino hacia la iluminación. No es que el cinismo esté errado en su diagnóstico, pero su pereza consiste en creer que ese diagnóstico agota la realidad. El amor, en cambio, exige una disposición mucho más arriesgada: aceptar que algo pueda ser verdaderamente bueno, incluso sabiendo que puede decepcionarnos y que probablemente lo haga.
Desde muy arriba el mundo parece una sucesión interminable de miserias. Solo cuando la cámara vuelve a ponerse a la altura de los hombres descubre que la existencia está hecha de pequeños actos de bondad. Y que, en general, la gente es buena, la tierra es linda, el vino es dulce y el sol, brillante. Hay películas que conocen la miseria y aun así encuentran razones para querer a quienes la padecen. Umberto D. (1952) y El Ladrón de Bicicletas (1948) también retrataban la miseria y la crueldad. Pero en ellas persiste una confianza fundamental en la posibilidad de la compasión y un amor por las criaturas arrojadas del paraíso. En Digger, en cambio, la humanidad no es más que carne para la sátira, un inventario de miserias de las que burlarse, de las que Iñárritu puede ofrecer su mensaje. Son personajes vacíos, alegorías, en manos de su director.
Hacia el final, el público de Fossil Fools aplaude entusiasmado. Cuando están por retirarse del teatro, una alarma interrumpe los aplausos y, antes de regresar a un mundo devastado, todos se colocan sus máscaras antigás. La película termina ahí, pero Iñárritu nos reserva una última ocurrencia: durante los créditos, la misma alarma vuelve a sonar, esta vez en nuestra sala. Hay una diferencia entre representar la crueldad para comprenderla y convertirla en un espectáculo cuyo único propósito es recordarnos, una vez más, que el mundo es cruel y que nosotros tenemos la culpa. Una y otra y otra y otra vez. Comprender algo, a alguien, una época, una sociedad, requiere más que reírse de ella. Y si finalmente el mundo se va a la mierda, yo, al menos, quisiera que el cine nos recuerde que alguna vez fuimos capaces de algo mejor.
En ese contexto actual se agiganta la figura de Nanni Moretti, quien en Lo mejor está por venir (2023) irrumpe en un set de filmación ajeno para impedir que se filme una ejecución a sangre fría. «¿Para qué?» se pregunta Nanni. Y yo también.


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