El coro de los grillos Entrevista a Graham Foy, director de The Maiden

Este viernes 6 de noviembre a las 20 horas proyectaremos The Maiden, de Graham Foy, en Tercer Espacio de Capicua (Pérez Castellano 1368). Después de la película, conversarán Nicolás Pedrucci y Agustín Acevedo Kanopa, autor de esta entrevista a Graham Foy.


La soledad y la nostalgia son dos conceptos que en la última década reptaron hasta convertirse en las sensaciones medulares del cine independiente. Especialmente en el horror, donde el duelo entró a ocupar el lugar de punto de partida que en películas de otras décadas era la casa abandonada, la sensación de rarificación del entorno y lenta procesión en solitario de sus protagonistas se ha convertido en uno de los elementos insignes; retratos generacionales donde las juventudes ya no incurren en una deriva suburbana festiva, sino que permanecen mucho más contenidos, metidos hacia adentro. 

The Maiden, ópera prima del joven director canadiense Graham Foy es una de las películas más interesantes y poéticas sobre este extraño dolor de época, un film que parte de la muerte de un skater/grafitero que deja a su mejor amigo sin rumbo, con una cámara que lo acompaña silenciosa para en su camino ir construyendo un retrato puntillista de los habitantes de su ciudad y la relación que mantienen con las peculiaridades de la vegetación y el tejido suburbano. Una inusual historia de fantasmas, que se alimenta tanto de las mitografías de Gus Van Sant como del animismo de Apichatpong Weerasethakul, para volverlo algo completamente propio.


En varias entrevistas has señalado que la idea de The Maiden se originó alrededor de ese puente en el que Kyle se pasa haciendo grafitis, hasta que sucede el accidente que pone en funcionamiento la historia. Es sin duda un espacio muy cargado de significado, en esa conjunción de puente-tren-río que separa el mundo de los vivos del de los muertos ¿Cómo se ve el puente ahora en el 2025?

He visitado Calgary varias veces desde el rodaje de The Maiden, pero hace ya varios años que no paso por aquel puente. Hay algo muy bello en ese lugar, que es que siempre está cambiando. Si lo mirás con atención siempre hay un mensaje oculto o un taggeo nuevo. No sé, una especie de misterio a resolver… Es algo que evoluciona y crece con vos, conforme te movés en el tiempo

En The Maiden, el taggeo del amigo que muere aparece en un montón de rincones de la ciudad, casi como algo fantasmal, algo que todo el tiempo le recuerda al protagonista que su amigo estuvo ahí. Es una imagen que me impresionó porque acá sucedió algo un poco análogo con un grafitero llamado Plef. Plef murió asesinado en circunstancias hasta el día de hoy no esclarecidas mientras grafiteaba, al punto que año a año hay colectivos de artistas que reclaman por la continuación de la investigación del caso. Pero más allá de estos aspectos, Plef tenía una firma y algunos grafitis bastantes conocidos, y su presencia en el tejido urbano de Montevideo guarda una condición también fantasmal.

Creo que el grafiti es, en cierto sentido, un medio fantasmal, algo que comparte con el cine. Una firma o un grafiti es algo que podés ver ahí por semanas o años, pero de repente alguien aparece y lo tapa, o grafitea arriba. Pero siempre hay algo debajo, como una historia secreta hecha de todos los grafitis y las capas de pintura que existieron antes. Lo que desde chico me pareció tan atractivo de los grafitis es el hecho de que es un arte bastante anónima. Nunca podés realmente tomar crédito de lo que hacés porque podés meterte en problemas. Por eso, creo que hay una especie de pureza en la expresión. Es casi algo sin ego, aún así haya un montón de gente dentro de la comunidad de grafiteros con un ego enorme. Me gusta la idea de que en el grafiti nunca hay una idea total de propiedad, que sea un arte público y no que no tengas que pagar para verlo. Hay algo también fantasmal en esa disolución de la identidad.

¿Cómo describirías a Calgary, el lugar y su gente?

Nací fuera de Calgary, pero viví ahí hasta los 18 o 19. Sin embargo, he vuelto permanentemente a lo largo de mi vida. Es un lugar muy conservador y es algo así como un Oil Town. Siempre sentí que estaba en una especie de guerra con el lugar porque sentía que no había espacio para personas como mis amigos y yo. Pero a la vez es un lugar del que no he dejado de pensar desde que lo dejé, porque es uno de grandes contradicciones. Por ejemplo, está esa vastísima e increíble belleza natural y a la vez es un lugar que es usualmente fotografiado como escenario de westerns estadounidenses.  Incluso, mientras filmábamos The Maiden, ahí mismo, no muy lejos, se estaba rodando ese show gigantesco de HBO, The Last of Us. Ahí hay unas tomas del horizonte urbano de Calgary, al que le han añadido un montón de efectos generados por computadora para que parezca que la ciudad se está desmoronando, convirtiéndola en una especie de páramo apocalíptico. Quizás resulte apropiado, ya que los rascacielos —símbolos de la riqueza petrolera— se están viniendo abajo. Pero antes de hacer The Maiden sentía que nunca había visto un film que realmente representara ese Calgary que conocí, ni tampoco ese tipo de persona que tenía aspiraciones como las de Kyle al comienzo de la película. Quería crear un film que representara el escenario de una manera que reflejara la psicología de los personajes. Recuerdo los suburbios de Calgary como un lugar muy austero, donde no había espacio para la imaginación. Había una cosa demasiado parecida en todo. Para el film pensamos en lugares como el barranco, el puente y todos esos sitios que, en cierto modo, no estaban pensados ​​para niños pequeños, pero que en nuestra infancia terminaron convirtiéndose en espacios donde nos sentíamos seguros para ser nosotros mismos. Me parece algo interesante: la relación entre el paisaje y esa etapa en la que se encuentra un adolescente, a medio camino entre dos fases de la vida. Creo que el paisaje en la película representa muy bien esto; los suburbios y el entorno natural son espacios que se sitúan, de algún modo, en un punto intermedio. Además, todo aparece enmarcado por una casa a medio construir: no llega a ser un hogar, sino un espacio de transición. Un espacio intermedio: entre la vida y la muerte, entre la infancia y la edad adulta, pero también entre los suburbios y la ciudad.

Fotograma de The Maiden

The Maiden, que es en cierto punto una película de fantasmas, me hizo pensar mucho cómo el duelo y la soledad se han convertido en el elemento principal del cine de horror actual, pero también de la mayoría de las películas sobre adolescentes. Me quedé pensando que en las películas de los noventas, dirigidas y actuadas por gente que generacionalmente entra en lo que se llama la generación X, hay una persistencia en el arquetipo del slacker, el vago sin prospectos futuros, que anda todo el tiempo deambulando por la ciudad. Lo curioso es que la generación X retrata al slacker de una manera casi celebratoria, mientras que en el landscape cultural actual, sin que haya un descenso de representación de este tipo de personajes, a la hora de llevarlos a pantalla hay algo mucho más metido para adentro, mucho más melancólico y nostálgico, como en I saw the TV glow (2024)

Me parece algo muy interesante, un matiz sutil. Por un lado, en muchos aspectos, los adolescentes viven situaciones similares o tienen experiencias vitales parecidas; pero, por otro, existen diferencias abismales. Durante el proceso de casting, fue algo que noté casi de inmediato: vimos a muchísimos jóvenes para los tres papeles principales —y, de hecho, para todos los personajes de la película— y lo que resultó evidente en la mayoría de ellos fue una profunda sensación de aislamiento. Creo que esto se debe, en parte, al periodo posterior al COVID-19; de hecho, realizamos el casting durante y después de la pandemia. Se percibía una soledad muy marcada, derivada precisamente de esa situación. En casi todas mis conversaciones con ellos —a veces empezaba la audición o la entrevista preguntando: «¿Cuál es tu recuerdo favorito con uno de tus mejores amigos?»— la respuesta solía ser, en esencia, la misma: una variante de «nos quedamos despiertos hasta muy tarde, pasando el rato en algún lugar, y tuvimos una conversación realmente significativa», o algo que les hizo sentir una conexión profunda con la otra persona. Así que la amistad y el compañerismo se revelaban como algo sumamente valioso e importante; algo que, muchas veces, sentían que les faltaba. Me dio la sensación de que, no sé, tal vez el arquetipo del slacker ha evolucionado hacia alguien que busca compañía. 

La estructura del film, que arranque con un personaje y después, a medio del metraje, se enganche con otro que hasta ese momento no había aparecido, ¿estaba pensada desde el principio?

Fue una mezcla. Los tres personajes formaban parte de la idea original y, con el tiempo, el proyecto evolucionó hacia una estructura bifurcada. Me gustó la forma en que se separaban; al final opté por este enfoque porque consideré que otorgaba mucho más peso a la ausencia de Kyle, así como a las dos formas de vivir el duelo: por un lado la pérdida y por otro, la ausencia de una amistad. Me pareció interesante crear una especie de espejo: ambas historias se reflejan mutuamente de distintas maneras. Hay algo casi fantasmal en esa idea: dos relatos cuya ubicación temporal resulta incierta. ¿Ocurrieron realmente? ¿O es que Colton se ha quedado dormido y está imaginando todo esto, tal vez tras leer una entrada en un diario? ¿Estamos viendo su mundo onírico? ¿O es el diario un registro cronológico de hechos reales? ¿Acaso Whitney también muere en la película? 

Recuerdo que la primera vez que vi The Maiden, en el Festival de Cine de Mannheim, había un tipo que estaba seguro que la obra en construcción donde comienza y termina el film era un lugar donde las cosas vuelven a la vida. Pero no como algo metafórico, sino como un lugar al estilo Cementerio de Animales de Stephen King. Me pareció gracioso porque yo en general manejo más bien una idea metafórica y abierta de cosas como esta, y esa interpretación la sentí como una lectura demasiado literal, pero después me puse a pensar que no hay nada del film que prohiba tener este tipo de interpretaciones.

Busco crear una sensación que evoque lo que uno experimenta al ver una película de un género específico —ya sea miedo o esa sensación de misterio— pero dejando abiertas suficientes posibilidades para que, al llegar al final, el espectador pueda sacar sus propias conclusiones. No voy a ponerme a mencionar las múltiples interpretaciones para no tirar spoilers, pero me encanta cuando existe una explicación racional para los hechos, pero también cuando esa misma situación puede interpretarse como algo profundamente mágico, algo que trasciende nuestra capacidad humana de comprensión. 

Fotograma de The Maiden

Me fascina cómo la película subvierte las expectativas, incluso en lo que respecta a los personajes. Por ejemplo, la primera vez que la vi, esperaba que el pibe del sombrero de vaquero con el que brevemente entabla relación Colton fuera un forro, un bully, un psicópata fanático de las armas o algo por el estilo. Pero luego llega ese momento maravilloso en el que ese pibe le muestra a Colton unas canciones que compuso en el órgano Hammond y de golpe el personaje adquiere un doble fondo increíble.

Me interesaba mucho el concepto de una película ambientada en un instituto —basándome en mi propia experiencia— donde siempre sentí que la gente está todo el tiempo midiéndose, jugando sus cartas. Es algo que ocurre todo el tiempo en la vida real. Tengo una obsesión particular con el documental High School (1968), de Frederick Wiseman. Esa película fue muy importante para mí, al igual que Streetwise (1984), de Martin Bell. Pero en esas dos películas, por más documentales que sean, los protagonistas están, en cierto modo, interpretando un papel. Creo que la etapa liceal es un periodo muy teatral: el personaje de Tucker, por ejemplo, encarna el rol del «chico popular», no exactamente el de un bully, sino más bien el del típico jock, el deportista destacado, ese que conduce una camioneta pick-up, juega en el equipo de fútbol americano, tiene novia, etcétera. Tenía muchas ganas de mostrar que hay algo más, algo más profundo. Creo que todo es como esas capas de grafiti en una pared: siempre hay algo debajo de cada una. Cada firma o taggeo esconde varias capas de realidad, del mismo modo que cada personaje posee múltiples niveles ocultos. Esa escena del órgano surgió totalmente del propio intérprete, el chico que encarna a Tucker. Resulta que es músico y me preguntó: «¿Puedo mostrarte algún tema?». Fue un momento increíble. Y creo que hay otro detalle —que fue tanto intencional como algo que surgió de los propios chicos— relacionado con otra idea que me obsesionaba: existe un libro de guión muy famoso, que hoy en día se usa para la escritura de un montón de films, titulado ¡Salva al gato! (Save the Cat!). Pues bien, al principio de la película, ¿qué sucede? Jackson —o mejor dicho, el personaje de Kyle— intenta salvar al gato… bueno, en realidad no lo salva, porque el animal ya está muerto. Pero la intención era que el público pensara que él va a hacer algo bastante retorcido, porque al principio parece que va a agarrar por ese camino.

Como si la gente esperara que Kyle y Colton empezaran a comportarse como los personajes de Gummo (1997)

Sí, queda la expectativa de que estos chicos están tramando algo malo. Pero lo que sucede después subvierte totalmente esa idea. Los dos pibes organizan una especie de homenaje improvisado para el gato junto al río, y hay algo hermoso en ello. Creo que subvierte las expectativas que uno tiene sobre la masculinidad adolescente en la película. En esa escena hay un momento que fue totalmente improvisado, que se le ocurrió a Jackson. Yo no le había dado ninguna indicación al respecto, pero estaban recolectando madera para hacer esa especie de balsa funeraria y Colton empezó a agarrar flores (yo le pedí que lo hiciera). Kyle lo detiene y le pregunta: «¿Qué estás haciendo?». Y al menos yo, como espectador y como alguien que no dirigió la escena para que fuera así, pensé que Kyle iba a burlarse de él. Pero, en lugar de eso, cuando Colton responde «Estoy recogiendo flores para el gato; pensé que sería un buen detalle», Kyle dice: «Ah, ok… pero asegurate entonces de hacer un buen bouquet». Es algo que subvierte la percepción que tenías de este chico, sobre quien quizás nos habíamos hecho una idea equivocada al principio. Cada personaje posee ese tipo de complejidad.

Estaba pensando, en referencia al libro ¡Salva al gato!, que me gusta mucho que estos personajes sean multidimensionales y no representen algo demasiado definido. Porque cuando ves esas películas que siguen a rajatabla la metodología que propone el libro, todo se vuelve demasiado formulaico y los personajes terminan siendo meras encarnaciones de líneas de acción que empujan la narrativa.

Sí. Creo que también tiene que ver con cuánto permitís que los intérpretes aporten de sí mismos al papel. Hay muchas cosas en la película que no habría podido escribir si hubiera sido tan rígido, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de un manual. Gran parte de la magia de la película se habría perdido si esos chicos no hubieran tenido la libertad de improvisar, o si no se hubieran sentido lo suficientemente seguros como para volcar aspectos de su propia personalidad en los personajes que interpretaban. Todos estuvieron fantásticos. De hecho, creo que aprendí tanto de ellos —o incluso más— durante el proyecto como lo que yo pude aportar.

Fotograma de The Maiden

Me encanta, por ejemplo, que Whitney, que es tan introvertida y se maneje en un mundo de referencias infantiles, aparezca con una camiseta de Metallica. ¿Cómo es que Metallica llega a formar parte de su mundo? Es algo tan distinto…

¿Sabés? Es la misma camiseta que usa Ryan Gosling en The Place Beyond the Pines. No lo supe hasta que empezamos el rodaje. ¡Me pareció divertidísimo! Y luego está la mochila que ella usaba; la trajo puesta a la audición. Cuando entró, la luz incidía sobre ella de tal forma que… bueno, es increíble: la mochila brillaba muchísimo. Me dio la sensación de que era como su capa de superhéroe o algo así. Define a la perfección a este personaje. Ella es una persona tan sencilla y discreta…

Hay algo que me encanta cuando pasamos a esa suerte de otro mundo, que es que cambia el diseño sonoro; lograste transformar sonidos cotidianos en algo que parece sacado de un cuento de hadas. Por ejemplo, la mini explosión de las semillas que aprietan Whitney y Kyle, o el sonido de la piedra al hacer sapitos en el río. Se sacrifica por completo la verosimilitud de esos sonidos.

Sí, queríamos liberarnos de todo ahí, algo del sonido que pudiera pertenecer más al mundo de la animación, como una película de Miyazaki. 

Justo pensando en Miyazaki, hay algo que pasa en sus películas, y prácticamente en cualquier película japonesa, que es la omnipresencia del sonido de los grillos y las chicharras. Es una señal casi invariable que tiene el cine japonés de decirnos que la película está ocurriendo en verano. En tu película está todo el tiempo de fondo el sonido de los grillos.

Me obsesiona esa forma de trabajar: tomar elementos de la naturaleza —cosas que están por todas partes— y transformarlos. Hay algo muy interesante de lo que no he hablado mucho, que es que la música que suena justo en los créditos es un coro de grillos reales, producido por un efecto de ralentización. Al parecer, se trata realmente de una grabación de grillos ralentizada unas mil veces, como si quisiera adaptar la percepción humana a cómo oirían los grillos su propio sonido. El resultado es una especie de armonía angelical que suena como un coro. Es una forma fascinante de percibir el mundo.

Sí, para nosotros es solo un «cri-cri-cri-cri», pero, dentro de ese mundo, es como un mega coro con una melodía particular, que suena perpetuamente. Es similar a lo que pasa con Kyle y Whitney cuando pasan a esa especie de otro mundo: es como si estuvieran en una cámara tan lenta que nadie puede verlos.

Creo que ahí reside también mi interés por el cine: aunque los personajes humanos y sus historias son lo más importante —el eje central de la película—, existen otras muchas capas de vida en ella. Por ejemplo, esos momentos en los que los personajes se detienen, fascinados por una babosa que se arrastra por el suelo, o cuando uno de los niños, al principio, se fija en un gato… Hay muchos ejemplos de estas distintas capas de vida en ese espacio. Mi intención es crear un entorno donde todas ellas puedan coexistir dentro de este mundo propio.

Fotograma de The Maiden


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